Deprecated: Methods with the same name as their class will not be constructors in a future version of PHP; plgContentJabookmark has a deprecated constructor in /www/gobiglesia/2020/plugins/content/jabookmark/jabookmark.php on line 26

Antiguos pobladores de Iglesia

0
0
0
s2smodern

POBLACIÓN PREHISTÓRICA E HISTÓRICA DE IGLESIA

(PROVINCIA DE SAN JUAN)

Dra. Catalina Teresa Michieli

IIAMMG – FFHA –UNSJ

El departamento de Iglesia se ubica en el extremo noroeste de la provincia de San Juan. Es limítrofe con la República de Chile por el oeste y con la provincia de La Rioja por el norte. Para hacer referencia al antiguo poblamiento humano del departamento de Iglesia debe considerarse el proceso de poblamiento de lo que es actualmente la provincia de San Juan.

Todo su territorio es una inmensa área vinculada estrechamente con Los Andes.

La vida humana en San Juan depende casi exclusivamente de las condiciones que genera la zona andina. Fisiográficamente San Juan está conformada por cuatro grandes sistemas orográficos -cuatro grandes conjuntos de cordilleras-, orientados en sentido norte-sur, y que generan entre ellos, y entre los cordones que las integran a su vez, una cantidad de valles que en realidad son los que constituyen el terri torio provincial.

Estos valles, que pueden definirse de distinta manera, y que Mariano Gambier caracterizó, de oeste a este, como altoandinos, preandinos, interprecordilleranos, precordilleranos y de la travesía y Valle Fértil, han sido utilizados por el hombre para vivir en ellos alternativamente, de acuerdo con las posibilidades que se abrían para la vida humana, y deshabitados cuando esas posibilidades (generalmente por el avance del desierto) se restringían al máximo. Iglesia esuno de los valles preandinos, situado entre el gran cordón orográfico conocido como “Precordillera de La Rioja, San Juan y Mendoza” hacia el este y los cordones que constituyen la “Cordillera Frontal” hacia el oeste, en el sector noroeste de la provincia.

La provincia de San Juan está ubicada en una zona donde terminan las condiciones naturales aptas para la vida. Está justo en el límite. El avance o el retro ceso, hacia el norte o hacia el sur, del desierto y de las condiciones vitales hacen que San Juan, o alguna de las zonas de San Juan, alternativamente hubieran estado habilitadas para la vida humana o totalmente limitadas y, por lo tanto, desiertas de población.

Eso ha hecho que durante la mayor parte de la historia de San Juan, sobre todo la que corresponde a la época anterior a la llegada de los españoles, las manifestaciones de la vida humana en estos valles no fueran constantes y con un desarrollo parejo en cual se pudiera ver una línea de sucesión, sino que a veces contenía población y en otras ocasiones, quizás durante cientos de años, se encontraba desierta, porque las condiciones vitales no eran adecuadas. Cuando éstas mejoraban, llegaban otros grupos diferentes a los anteriores. La alternancia caracterizó el poblamiento prehistórico de San Juan.

Según las evidencias con las que se cuenta hasta el momento, los primeros hombres que habitaron esta región, la actual provincia de San Juan, llegaron hace 8.500 años. Avanzaban por la zona andina, de norte a sur. Unos 11.000 años atrás, algunos grupos parecidos estaban en las zonas centrales del Perú y fueron empujados hacia el sur por el avance de la desertización. Unos años después (9.000 años antes del presente) habían llegado a lo que es el altiplano peruano-boliviano, donde existían grandes lagos en proceso de desecación; el avance continuo de la desertización secó finalmente esos lagos y los transformó en los grandes salares que se conocen en el norte de Chile, Bolivia y el noroeste argentino. Entonces estos grupos, de generación en generación, para poder vivir se vieron obligados a buscar otros lugares donde las posibilidades vitales continuaban. Y así, hace 8.500 años, llegaron a los valles de San Juan.

Esta gente vivía de la cacería y de la recolección. Cazaban fundamentalmente el guanaco, la vicuña y el ñandú y recolectaban los frutos de cada lugar; en esta región eran la algarroba, los frutos del chañar, algunas raíces de cactus, huevos de ñandú, juncos para hacer hilos y posiblemente algunos otros elementos que no se han conservado.

En San Juan estos grupos, que eran pequeñas familias, se ubicaron prácticamente en todos los valles cordilleranos y en todos los valles de la precordillera, excepcionalmente en el valle central y también en las sierras de Valle Fértil y las que limitan con San Luis. En todos aquellos lugares existía la fauna de la que vivían, fundamentalmente guanacos.

Arqueológicamente se los denomina con el nombre del sitio donde mejor están representados. Como de estos grupos se encontró una gran cantidad de elementos estratificados que fueron fechados por radiocarbono en el sitio del Arroyo La Fortuna, en la vertiente occidental de la Cordillera de Ansilta en Calingasta, Mariano Gambier los denominó industria o cul tura de La Fortuna5. Usaban para cazar dardos que arrojaban con lanzadardos o estólica y tenían lanzas para atropellar. Tanto los dardos como las lanzas poseían puntas talladas en piedra, de una manera muy particular, con alto conocimiento de la técnica y con formas de hoja (o “lanceoladas”) con pedúnculo. Estos elementos estaban acompañados por una serie de instrumentos tallados en piedra también muy característicos.

En Iglesia los grupos de La Fortuna están bastante representados. Por ejemplo algunos de los sitios más importantes de Iglesia que tienen restos de estos primeros hombres que vivieron y cazaron en el territorio, se encuentran en las orillas de la gran vega de Bauchaceta, de la vega de Espota y algunas de las vegas de San Guillermo, por citar los mejores y mejor conocidos.

Esta gente, que también se instaló en los valles cordilleranos de Calingasta y en los valles longitudinales de la Precordillera, vivió aproximadamente de 300 a 500 años y después desapareció. Parece que el clima seguía siendo cada vez más caliente y más desértico y las condiciones vitales de esta región, en un momento dado, fueron empeorándose. Una serie de años secos, sin pasto, hace que la fauna emigre hacia otras regiones y obviamente el hombre, que vive de esa fauna, también se tiene que retirar de los lugares de ocupación habituales.

Los grupos siguieron su avance hacia el sur, lo que se conoce porque después se encontraron sus restos en el centro de Mendoza, ya con fechas más tardías - 7.200 años antes del presente-6. Así es que entre 8.200 y 7.900 años antes del presente todo San Juan estuvo sin población humana, o por lo menos no se han encontrado evidencias de ella.

Hacia 7.900 años antes del presente, y en este caso avanzando desde el sur, apareció otra población diferente, aunque con similares modos de vida. Eran cazadores y recolectores de la misma fauna y de la misma flora, pero en San Juan se ubicaron en especial en lo que es actualmente la zona cordillerana de Calingasta. El sitio más característico fue tomado por Gambier para denominarlos cultura Morrillos. Tenían contactos o parentescos con grupos parecidos del lado chileno, incluso de la costa del Pacífico, y con grupos que estaban en las sierras centrales de San Luis, pero no pasaron más al norte de la latitud donde está ubicada la ciudad de San Juan7, es decir que hasta ahora no se encontraron en Iglesia. Iglesia, al parecer, siguió estando desocupada durante bastante tiempo.

Mientras todo esto ocurría en la región, en la zona andina del Perú continuaba el desarrollo que había empezado con anterioridad, y su población, que en un comienzo había sido cazadora y recolectora, empezó a hacer ensayos de otro tipo de actividad: hace 8.000 años se iniciaron los intentos de producir alimentos a través de la domesticación de plantas (la agricultura) y de la domesticación de animales (la ganadería). Hacia unos 6.000 años antes del presente los grupos del centro del Perú cultivaban especies domesticadas como la quínoa, las calabazas, el zapallo y varias variedades de poroto. Posteriormente también recibieron de las zonas septentrionales mesoamericanas el cultivo del maíz y después, del altiplano peruano-boliviano, obtuvieron también el cultivo de una serie de tubérculos entre los cuales el principal es la papa con sus más de 300 variedades. Más adelante cultivaron el algodón para obtener fibras para tejer y, mientras tanto, de los camélidos salvajes, que eran el guanaco y la vicuña, consiguieron, por manipulación genética, generar dos especies domésticas, la llama y la alpaca.

Eso hizo que hace 4.000 años en Perú se produjera una importante producción de recursos, un gran crecimiento de la población, una ocupación de toda zona no sólo cordillerana sino también de la costa y, por lo tanto, un gran avance cultural.

La explosión demográfica empezó a ejercer presión contra los grupos marginales que quedaban todavía no totalmente inmersos en ese desarrollo vital. Estos grupos marginales, que eran pequeñas familias de cazadores-recolectores y habían adquirido algunos de estos nuevos inventos del hombre, por la presión que ejercían los grandes centros desarrollados, a su vez debieron migrar. En esa migración avanzaron hacia el sur por la costa peruana, la costa norte de Chile, el Norte Chico chileno y entra ron, de valle en valle, al territorio de San Juan hace por lo menos 3.000 años -entre 2.000 y 1.000 años a.C.-8. Se instalaron en lugares muy particulares que existen tanto en el valle de Calingasta como en el valle de Iglesia. Son aquellos donde los arroyos, que bajan de la cordillera, salen a la llanura y generan vegas y manantiales antes de insumirse en el piedemonte. Como ejemplo para Iglesia pueden citarse Tocota, Espota, Chita, Bauchaceta, Agua Negra, Agua Blanca, Conconta, Colangüil. En Calingasta también sucede así, sobre todo en la Cordillera de Ansilta. En esos lugares, la humedad de las vegas y la gran insolación que reciben por estar abiertos hacia el este, junto con el abrigo que proporcionan las estribaciones de los cordones montañosos (denominados localmente “bordos”), producen "microambientes" o sitios con condiciones microambientales, que hacen que el hombre pueda instalarse en forma permanente a pesar de la altura (3.000 m.s.n.m.).

Esta población se mantuvo en esos lugares durante dos mil años (desde 2000 a.C. hasta los comienzos de la Era Cristiana), porque ahí podían realizar todas las actividades con las que subsistían: entrar fácilmente a la cordillera en verano para cazar o esperar a los animales en invierno cuando bajaban por las nevadas; recolecta r en la gran llanura pedemontana frutos de chañar y algarrobo y huevos de ñandú; criar junto a sus viviendas algunas llamas; cultivar, en la época estival, pequeñas huertas en las orillas de las vegas con las semillas acostumbradas al frío y a la altura que habían traído en su largo peregrinar desde el norte. Plantaban quínoa, poroto, zapallo, calabaza desde por lo menos 900 a.C. y, un poco más tarde, también maíz. Es probable que los antecesores de estos grupos iniciaran su migración desde la zona andina peruana antes de haber comenzado a cultivar el algodón y la papa, ya que estos productos no se produjeron en San Juan en época prehispánica.

Habitaban en grutas, que existen en casi todos los lugares mencionados, y en sus paredes pintaban motivos abstractos y raramente figurativos con colores rojo, amarillo, blanco y negro. Estos grupos vivieron de esta manera durante dos mil años, aunque en algún momento incorporaron algunas novedades que no llegaron a modificar sustancialmente su modo de vida. Por ejemplo empezaron a tejer9. Los grupos anteriores hacían mantas con pieles de animales cosidas e hilaban todo tipo de fibras: pelo humano, lana, fibra vegetal obtenida por machacamiento de hojas de juncos, tendón animal (los  nervios" como se le llama localmente al material con que hasta la actualidad se hacen las “libes” en Iglesia), pero no tejían. En cambio estos grupos empezaron también a tejer. No con el sistema de telar convencional con lizos, sino con simples bastidores entrecruzando los hilos a mano. Y en un determinado momento incorporaron otra novedad que había empezado también en la zona nuclear del Perú, que era la confección de cerámica, es decir la confección de vasijas con barro cocido. Gambier, quien identificó y estudió hace treinta años a estos grupos, los denominó cul tura de Ansil ta porque encontró las mejores evidencias, en mayor cantidad y con más elementos de juicio, en sitios de la Cordillera de Ansilta de Calingasta.

En los últimos momentos de su desarrollo y ya cerca de los comienzos de la era cristiana, ocuparon también el extremo norte del valle de Iglesia, es decir Angualasto. El lugar de asentamiento fue unos kilómetros hacia el norte del actual pueblo, donde el camino que va a Malimán baja a la playa del río y empieza el barreal de Angualasto, en el lugar que se llama Punta del Barro . Allí también se instalaron algunas de estas familias.

Punta del Barro es un lugar muy particular, porque tiene disponibilidad de agua de vertientes (sin tener en cuenta el río Blanco), extensas tierras fértiles del barreal, algarrobos y chañares en abundancia, llanuras y lomadas cercanas donde habita el ñandú y la cercanía de los campos de caza, tanto de la cordillera como de la precordillera porque en ese lugar se aproximan y, juntas, cierran por el norte el valle de Iglesia.

Así es que las posibilidades de cacería no sólo estaban en la cordillera sino que, cruzando el río Blanco, se entraba en la precordillera, que no se cierra por la nieve y donde se puede cazar prácticamente todo el año. Aquí estos grupos prosperaron más, aumentaron su población y comenzaron desde allí un cambio que se desarrolló desde el año 50 de la Era Cristiana. Este aumento de la población, por las mejores condiciones, se vio también incrementado por la llegada de migrantes.

Los migrantes procedían de la región que se conoce ahora como noroeste argentino, es decir, de La Rioja y Catamarca, donde los grupos locales que habían vivido ahí también habían tenido, por influencia del Perú, un gran desarrollo constituyendo sociedades más grandes y complejas, que fabricaban una cerámica de muy alta calidad; en cierto momento se expandieron buscando nuevas tierras. Estas familias llegaron a San Juan desde Catamarca y La Rioja con una cerámica distinta, de mejor calidad, y con otras novedades como por ejemplo el teñido de color verde, además del teñido de color rojo que había sido usual hasta ese momento, y el tejido al telar, ya con lizos que permiten separar las caladas con un solo movimiento y tejer con hilos más finos y más rápidamente.

Así aumentaron los grupos y, como no quedaban sitios microambientales disponibles (con vegas que morigeraban las temperaturas y permitían el cultivo en el verano, cerca de los lugares de cacería y recolección), ya que los pocos que existen seguían ocupados, tuvieron que bajar hacia el llano y reproducir de manera artificial, y según las características de cada lugar, esas mismas condiciones. Estos nuevos sitios fueron hechos por el hombre intencionalmente y de acuerdo con el lugar que ocupaban: de una manera en Punta del Barro de Angualasto y de otra en el sector pedemontano conocido como "llanos de Chita".

En Punta del Barro de Angualasto construyeron canteros regados con el agua de un manantial o vertiente muy exigua, que se juntaba en una cisterna hasta que fuera suficiente y se pudiera regar un predio de media hectárea. En el sitio de Chiñanco, a medio camino entre Angualasto y Colangüil, todavía se cultiva como entonces. El agua que brota de su pequeña vertiente se recoge en una cisterna que está un poco más abajo; cuando se llena con suficiente cantidad de agua, se levanta una compuerta y se libera un caudal que, por gravedad, riega media hectárea de parral que está plantado en un nivel inferior. Ese sistema es el mismo que usaron los grupos que vivieron hace 2.000 años en ese lugar.

En ese entonces con el agua de las vertientes se regaban pequeños predios de canteros, cuyos restos se conservan hasta la actualidad. Los canteros permitían el estacionamiento del agua y su infiltración en las arcillas del barreal; sus orillas estaban cubiertas con piedras negras, probablemente para combatir las heladas nocturnas por la absorción de la radiación solar durante el día y la emisión de energía por la noche.

En otros sectores de Iglesia, en los llanos o pampa de Chita, esa gran llanura inclinada y pedregosa ubicada entre el bajo y las estribaciones cordilleranas y donde lo único que actualmente hay es algo de ganado bovino o caballar, se reprodujeron antiguamente las condiciones microambientales en forma más complicada aun que en Punta del Barro. En esos pedregales no hay suelo, son muy fríos en invierno y muy calientes en verano y extremadamente secos cuando corre viento Zonda. Los índices de evaporación (velocidad de evaporación ambiental del agua) más altos de San Juan están medidos en la vecina localidad de Rodeo.

En esas planicies con condiciones tan duras la gente fabricó primero el suelo haciendo pozos y dejando decantar el agua de las crecientes y mezclándolas con restos orgánicos (estiércol de las llamas que criaban y restos de plantas); con el material que sacaban de la excavación del pozo hacían unos anillos de protección contra el viento Zonda desecante, y mantenían constantemente húmedo el suelo fabricado mediante el uso del agua de escorrentía durante el verano o la acumulada en grandes cisternas, de hasta 200.000 litros, durante el invierno. El gran tamaño de estas cisternas no se explica si no se tiene en cuenta que durante el invierno los arroyos que salen de la cordillera se congelan y no llegan al llano. Esas grandes cisternas que estaban construidas en los llanos de Chita eran para que una sola familia se proveyese de agua en invierno dada la alta evaporación que se agravaba cuando soplaba el viento Zonda.

Con la creación de estos microambientes artificiales dejaron en evidencia que se trataba de personas que supieron solucionar problemas concretos venciendo al desierto con condiciones tan extremas, que consiguieron modificar el medio para poder vivir y que lo hicieron con los mismos principios pero con distintos recursos según las necesidades de cada lugar.

Esta gente, que por los trabajos de Gambier se conoce como fase cultural Punta del Barro dado el nombre del lugar de su instalación más representativa, se mantuvo en los distintos lugares de Iglesia hasta aproximadamente el año 580.

Para ese momento habían aumentado en cantidad de personas y habían recibido la llegada de nuevas familias migrantes desde el noroeste; entonces estos grupos en continua modificación cultural, avanzaron también hacia el sur, afincándose primero en Tocota y después en Calingasta. A Calingasta llegaron ya modificados. No tenían exactamente las mismas costumbres que en Punta del Barro porque también habían recibido influencias que entraban por los valles cordilleranos desde la región chilena de Coquimbo.

Se reconocen estas influencias por evidencias concretas: por ejemplo el uso pipas de piedra o de cerámica en forma de una T invertida que fueron, en esa época, muy comunes en Chile; la ejecución de ciertos petroglifos o pinturas que representan rostros con grandes máscaras o tocados; otra serie de elementos como vasijas cerámicas con forma y con decoración especial. Esas influencias provenientes de Chile determinaron algunos cambios en estos grupos que finalmente, hacia el año 600, se instalaron en el valle del río Calingasta.

En ese lugar generaron una tradición que duró mucho tiempo y que se conoce con el nombre de cultura o tradición Calingasta. Mientras tanto, en Iglesia seguían los grupos tradicionales y continuaban recibiendo distintas influencias del noroeste argentino. Desde el año 600, en el noroeste argentino se desarrollaba cultura muy importante y compleja, que se manifestaba fundamentalmente por distintos tipos de cerámica de gran calidad. En Catamarca los arqueólogos la denominaron con el nombre del sitio más característico que es La Aguada, así que se la conoce como cultura de la Aguada.

Estos nuevos grupos con estas nuevas influencias entraron bastante masivamente a Iglesia, Calingasta y Já chal y durante trescientos años, es decir desde el año 700 hasta el 1050 aproximadamente, influyeron marcadamente a los grupos locales de los tres valles mencionados incorporándoles algunas características de esa etapa. Por ejemplo introdujeron nuevas formas textiles, la característica cerámica de gran calidad en la cual su motivo decorativo principal representa al felino o jaguar, la costumbre de cortar cabezas humanas (posiblemente en forma ritual) para comer sus partes blandas o colocar el cráneo en algún lugar especial adentro o cerca de la vivienda. En Bauchaceta por ejemplo, la casa semisubterránea Nº 218, tenía un cráneo humano colocado sobre el piso en la parte central, mientras que en Cerro Calvario de Calingasta se encontraron cráneos humanos detrás de los muros de una gran instalación y dentro de un depósito de semillas de algarroba de otra.

Estos grupos migrantes trajeron también una forma de vivienda diferente, que consistía en una serie de pequeñas habitaciones en fila, recostadas sobre un corte en las laderas de los cerros reforzadas con muros de barro estucados de color rojo y con divisiones hechas con quincha de cañas de ca rrizo cubiertas con barro. Sin embargo, al poco tiempo de instalarse en la región, adoptaron la vivienda que era usual en los grupos de Ansilta y de Punta del Barro que consistía en una o dos habitaciones redondas, semisubterráneas, muy abrigadas en invierno y frescas en verano, con el techo en forma cónica hecho también con carrizo y barro. La vivienda semisubterránea fue siempre funcional para esta zona con temperaturas extremas y fuertes vientos, por lo que los grupos que provenían de otras regiones al poco tiempo dejaron de hacer las viviendas como acostumbraban y adoptaron la antigua.

Hacia el año 1050 desapareció de la influencia la cultura de la Aguada; dejó de tener la vigencia que tenía incluso en su área de origen y también los grupos que vivían en Calingasta, Iglesia y Jáchal, abandonaron las costumbres introducidas por esta cultura, retomaron las antiguas tradiciones en cuanto al modo de realizar los textiles, la cerámica, la agricultura y continuaron viviendo de esa manera hasta aproximadamente el año 1200.

A partir de esa fecha se produjo un gran cambio en todas las poblaciones de lo que hoy es San Juan y, por ende, de Iglesia. Los grupos, que habían seguido creciendo y desarrollándose, a partir de esa época comenzaron a expandirse y colonizar nuevas tierras con la implantación de actividades netamente agropecuarias, especialmente en los valles bajos formados por los grandes ríos colectores de la región, como el valle central de San Juan, donde se encuentra emplazada la ciudad capital.

Los valles vinculados con el río San Juan (Ullún-Zonda, Central, Guanacache) habían comenzado a poblarse partir del año 700 cuando en los valles preandinos se produjo el crecimiento poblacional y su consecuente expansión. Fueron poblados desde Calingasta, con la tradición Calingasta que había empezado en el año 600. A partir del año 1000, y más seguramente a partir del año 1200, en los valles bajos de la actual provincia de San Juan (Jáchal, Iglesia, Calingasta, Ullún-Zonda y del río San Juan) el incremento de la población motivó mayor necesidad de tierras; al mismo tiempo la disponibilidad de mano de obra permitió que se ejecutaran las complejas obras de ingeniería necesarias para aprovechar el agua de grandes ríos y arroyos (el río Blanco-Jáchal, el río Bermejo, el arroyo Iglesia, el río Castaño, el río Calingasta, el río de Los Patos, el río San Juan, el Estero de Zonda, el río del Agua) y que se incrementara la actividad ganadera con la cría de la llama en forma más intensiva.

Mientras tanto, en Iglesia se desarrollaron otros grupos. Aunque aún no se sabe con certeza qué relación tenían con la antigua tradición Aguada, sí puede afirmarse que de alguna manera tenían parentesco cultural con los grupos Calingasta y los que poblaban los valles del río San Juan. Se los conoce tradicionalmente como cultura de Angualas to, porque el sitio más representativo de su desarrollo es Angualasto.

En los grandes valles del norte de la actual provincia (o sea Iglesia, Jáchal y el valle del río Bermejo) donde se desarrolló esta cultura de Angualasto, la actividad agrícola y ganadera fue más intensa. Si bien la cantidad de población no era muy significativa existía una importante extensión de terreno bajo riego y bajo cultivo.

Las investigaciones realizadas en la última década muestran que entre los años 1200 y 1460 estuvo vigente esta cultura con una gran producción de elementos cultivados que no era para mantener la población local sino, al parecer, para comerciar. Se plantaban extensas superficies con un elaborado sistema de riego, se criaban importantes rebaños de llamas en grandes corrales (como los que existen en lo que se conoce vulgarmente como “tamberías” de Angualasto y que en realidad era una aldea con corrales y viviendas) y se transportaba, con recuas de llamas, el producto del cultivo hacia otras zonas.

Esas zonas, con gran población y al parecer y ci rcunstancialmente con escasez de productos alimenticios, eran en parte el noroeste argentino, pero mayormente el norte de Chile. De esos lugares a la vez se traían objetos muy particulares, sobre todo de tipo suntuario -como cerámicas decoradas que arqueológicamente se conocen como "diaguita chilena" y "Copiapó", tabletas de madera tallada del norte de Chile que se utilizaban para aspirar alucinógenos, turquesas en forma de cuentas para hacer mosaicos, objetos de bronce: adornos pectorales y para los brazos, hachas no funcionales sino simbólicas, etc.- que se ponían en las tumbas con el cadáver y con otros objetos propios de la cultura.

Estos objetos eran, principalmente, vasijas de la cerámica característica de Angualasto, gruesa, tosca, de pasta rosada con dibujos en negro. En segundo lugar existía una textilería de muy alta calidad con la que se realizaban las piezas de vestimenta típicas que eran grandes ponchos (de casi 3 metros de largo y hasta 1,85 metros de ancho), camisetas y otra serie de prendas menores. Por la conservación que permite el desierto y por el estudio de las piezas que se rescataron, se puede saber cómo tejían y qué prendas vestían estos grupos; la mayor parte de estos restos textiles conservados provienen de Angualasto y zonas vecinas.

Tanto en la cerámica y en los textiles, como en otras manifestaciones de Angualasto, puede verse que el motivo característico de las decoraciones era el cóndor, representado de distintas maneras y a través de distintos atributos: por la cresta, por el ojo, por las plumas de las alas, por la cola. No se puede saber qué significaba exactamente el cóndor para Angualasto pero sí que era un elemento importante y que está manifiesto en toda la cultura.

Hacia el año 1460 esta cultura decayó y se abandonaron los campos de cultivo, la aldea, las instalaciones ganaderas, los sistemas hidráulicos. Las crecientes corta ron los canales. Prácticamente ya no se usaron más esas instalaciones que permitían una gran producción agrícola-ganadera. Aún no se sabe con certeza qué pasó, pero es probable que coincidieran una temporada de grandes lluvias con el hecho de que había decaído el mercado de esos productos, porque en el norte se habían mejorado las condiciones climáticas que habían provocado en su momento grandes hambrunas y además había empezado a aparecer un grupo que se había formado en Los Andes peruanos, había tomado fuerza y había empezado a conquistar a sus vecinos, expandiéndose militarmente a toda la zona andina.

Ese reino, que se autodenominaba Inca, fue transformándose en un imperio mediante la anexión o la conquista de otros pueblos. Primero conquistaron todo lo que es Perú, parte de Bolivia, el norte de Chile y siguieron hacia el norte, a Ecuador y sector meridional de Colombia y hacia el sur a lo que es Chile y Argentina. Avanzaron sobre el norte de Chile, dominaron el noroeste argentino y hacia 1490 aproximadamente, bajo el reinado del emperador Huayna Cápac, conquistaron el centro de Chile y Cuyo. Eran invasores y buscaban apropiarse de los recursos importantes que hubiera en cada zona. En San Juan especialmente buscaron dos recursos: la lana de la vicuña de San Guillermo y la mano de obra agrícola de los valles bajos.

Los lugares donde existen grandes poblaciones de vicuña (que es exclusivamente en América del Sur) son escasos. Uno de ellos es San Guillermo, en el extremo norte del Departamento de Iglesia. Por otra parte, en la época de vigencia del imperio incaico, la lana de la vicuña, que es de muy alta calidad, era propiedad exclusiva del Inca o emperador. Los hombres comunes tenían prohibida, bajo pena de muerte, tanto la caza o esquila de la vicuña como la utilización de su lana. Ésta se empleaba solamente para tejer la ropa fina dedicada a los rituales y para el uso del emperador y su familia, así como también servía para los obsequios que el Inca hacía a los señores dominados como símbolo de especial consideración. Este hecho justifica entonces que el imperio se instalara y pusiera bajo su dominio la zona de San Guillermo, estableciendo en ella (como en toda la zona andina bajo su sujeción) grandes centros de control construidos en piedra de una manera estandarizada, que se conocían con el nombre de “tambos”, y otras instalaciones.

En los valles bajos del resto del territorio, donde se concentraba la población agrícola-ganadera, o sea, en los valles de Iglesia, Jáchal, Calingasta, Ullún-Zonda y el valle del río San Juan, sojuzgaron a los habitantes locales para hacerlos trabajar especialmente en labores agrícolas con un sistema forzado y extremadamente vigilado, para el que previamente se habían incrementado y mejorado tanto las obras de riego como la extensión de campos aptos para el cultivo.

Este dominio, que empezó a instalarse después 1490 y que dejó muchas de estas obras de control -como en Tocota- y de comunicación -como en Concontaen estado de construcción o ampliación, duró nada más que 40 años porque en 1532 llegó Francisco Pizarro al Perú, venció al emperador Atahualpa y se desarmó la organización imperial. Los pobladores locales que se vieron libres de ese conquistador dejaron de realizar el trabajo extra, abandonaron los nuevos campos de cultivo, descuidaron las obras hidráulicas y construcciones, se replegaron hacia sus propias tierras y labores y retornaron a sus actividades, incluida la cacería de vicuñas. Así los encontró otra conquista, que esta vez provenía de afuera de América y que llegó a esta zona unos veinte años después (a mediados del siglo XVI): se trataba de la conquista española.

Cuando llegó la conquista española a la región encontró algunos de estos grupos sobrevivientes a la dominación incaica que vivían en su forma tradicional como comunidades agrícola-ganaderas pero que continuaban con la cacería en verano.

También en Iglesia encontró grupos similares, que eran muy pocos, porque después de la desaparición de la cultura de Angualasto se habían replegado en pequeños grupos y subsistían del modo tradicional.

Obviamente el conquistador, proveniente ahora de afuera del continente, hizo lo mismo que había hecho el otro conquistador americano, imponer una serie de medidas. Primero fue sojuzgar a la población para utilizarla como recurso de mano de obra para todo tipo de trabajo e imponer sus propias creencias y costumbres, especialmente la lengua, que es el transmisor de la cultura.

Rápidamente se abandonaron las lenguas indígenas, se abandonaron las vestimentas y usos textiles, y se adoptaron forzadamente las costumbres que traían los españoles que estaban saliendo de la edad media. Se adoptó el telar español, la forma de hacer y decora r las telas, el habla, el caballo y las costumbres que venían con el uso del caballo (desde 1.200 años antes de Cristo, durante el imperio hitita de Cercano Oriente, ya se habían escrito tratados sobre su cría y domesticación).

Junto con el europeo, y desde los primeros momentos de la conquista, entró también otro elemento poblacional que traían los españoles y que eran los esclavos negros de origen africano. Como los españoles primero se instalaron en Chile y debían sostener las ciudades chilenas, empezaron a llevarse las poblaciones locales para trabajar en todo tipo de labores: minas, agricultura, construcciones, obrajes de paños (es decir fabricación de telas bastas para clases sociales bajas y uniformes de soldados). Si bien existe escasa documentación (dado que de estas situaciones poco se dejaba por escrito ya que contravenían las leyes indianas) se sabe que se llevaron a los huarpes de San Juan y de Mendoza a trabajar a Santiago y La Serena, pero hay también algunos pocos documentos que muestran que pasó lo mismo con los pocos pobladores que había en los valles de Iglesia y Jáchal muy tempranamente.

Por ejemplo para 1599, cuando ya habían pasado cuarenta años de la instalación española en Cuyo, existe un documento que certifica que un capitán llamado Valdovinos tenía que recorrer los valles al este de Pismanta (antiguo nombre de Iglesia en general), es decir Angacao (que era el nombre antiguo de Jáchal), Tucunuco, Guandacol y Famatina, que abarcan todo el norte de la a ctual provincia de San Juan e incluso gran parte del oeste de la actual provincia de La Rioja, para buscar 400 “indios de visitación”. Se llamaba de esa manera a los indios tributarios, o sea, los hombres en edad de trabajar, que eran de los que tenían de 15 a 50 años. Es decir que para fines del siglo XVI era muy difícil encontrar en ese gran espacio 400 hombres de trabajo, lo que permite pensar que tampoco en Iglesia quedaba casi población indígena para ese entonces.

Las pocas personas de origen indio estaban encomendados. La encomienda era una forma jurídica que impuso la corona española bajo el pretexto de que había que cuidar y educar a los indígenas en la fe cristiana; por ese trabajo la persona a la cual se le encomendaba un grupo se cobraba ese servicio con el resultado del trabajo personal de los indígenas. La encomienda se entregaba por “una vida” o “por dos vidas”, es decir a una persona mientras vivía o a esa persona y sus herederos inmediatos; al morir éstos la encomienda quedaba vacante y se entregaba a otro encomendero, quien generalmente pertenecía a la misma familia.

Estaba prohibido que el encomendero sacara a los indios de su lugar habitual de residencia (donde también tenía que vivir), pero por supuesto los propietarios chilenos, que eran quienes poseían encomiendas en Cuyo, no cumplían esa norma sino que se hacían dar encomiendas de este lado de Los Andes, se llevaban los varones en edad de trabajar a Chile (que usualmente no volvían más), y dejaban acá a un encargado o administrador. La encomienda pasaba a ser entonces un grupo con un par de indios ancianos (los que tenían más de 50 ó 60 años y se categorizaban como “reservados”), un cacique (generalmente también anciano y cuya existencia le daba cierta legalidad a la encomienda) y las mujeres y los niños, como una especie de semillero que permitía generar nuevos brazos para trabajar cada 15 años.

Por esas razones se conoce bastante poco de las encomiendas cuyanas, y especialmente de las de Iglesia, que sólo han quedado registradas excepcionalmente. Los escasos y muy indirectos datos documentales muestran que para 1649, o sea para mediados del siglo XVII, cuando hacía un siglo que los españoles estaban instalados en la región, las encomiendas de Iglesia figuraban todas en Chile; los grupos indígenas relictuales ni siquiera estaban acá.

Según el mecanismo legal, antes de la entrega de una encomienda debía hacerse matrícula (un registro) de los indígenas que la conformaban para saber cuántos eran, de qué edad y sexo. Estas matrículas que se conservan en el Archivo Nacional de Santiago de Chile, porque entonces Cuyo dependía de la Capitanía General de Chile, son nada más que listas de nombres propios extraídos del santoral católico (Gabriel, Diego, Juan casado con dos hijos); excepcionalmente se registraban los nombres de las mujeres porque no eran tributarias y a veces aparece la mención al cacique porque el cacique era el que le daba organicidad a las encomiendas.

Casi todas las encomiendas que estaban en Santiago y La Serena y que figuraban como originarias de Iglesia estuvieron usualmente en manos de la familia Pozo y Silva. Ningún representante de esta familia vivió nunca en Iglesia.

En el año 1649 una de estas matrículas se refiere a la encomienda de Pismanta que tenía José de Pozo y Silva; esta encomienda involucraba todo el valle de Iglesia (cuyo nombre antiguo era Pismanta), estaba en Santiago de Chile y tenía por cacique a Gabriel. Esa es la única referencia que existe para todo un siglo y medio (desde mediados del siglo XVI a fines del siglo XVII), a un cacique llamado Gabriel del pueblo de Pismanta que además estaba en Chile. Toda esa fábula de un cacique Gabriel Pismanta que habría vivido en el siglo XVI y que habría ido a estudiar a Chile, no es ni siquiera una leyenda popular. Hacia fines del siglo XVII (en 1695) se hizo un censo de encomiendas y allí no figuraba ninguna encomienda de Iglesia, pero sí se decía que se habían hecho “agregaciones”, lo que significa que se habían juntado los pocos indígenas en un solo grupo artificial.

Posteriormente, y según se conoce por algunos documentos, una de las pocas personas que mantenía la categoría de cacique se llamaba Francisco Icaño (Ilcaño o Icaña) quien, a fines del siglo XVII había sido amparado en su propiedad, es decir le habían entregado la titularidad de su propiedad. Este es uno de los pocos casos en América y para el siglo XVII que se otorgó un título de propiedad legal a una persona de raíz indígena. El hecho se conoce porque, en 1725, la hija y heredera de ese cacique, Teresa Icaña, vendió la propiedad.

Excepcionalmente Teresa Icaña era considerada cacica. Las mujeres no heredaban el cacicazgo; habían empezado a ser consideradas cacicas cuando se habían acabado los hombres y las leyes indianas obligaban a que existiera un cacique como cabeza de grupo para que pudiera entregarse una encomienda. Ante la falta de caciques varones genuinos, en el siglo XVII comenzaron a ser considerados caciques (y al solo efecto de mantener una encomienda) tanto indios comunes, caciques difuntos y mujeres. En 1725, entonces, la cacica Teresa Icaña, quien (tal como declaraba en la escritura de venta firmada con una cruz por su analfabetismo) estaba sola, vieja, sin descendencia de varón y sin indios sujetos, vendió la propiedad que tenía legítimamente porque su padre había sido amparado en ella (Michieli 2000b).

La propiedad de la cacica Icaña abarcaba desde lo que ahora es Achango hasta el Agua Hedionda o Los Pozos por el sur (o sea abarcaba desde Las Flores todo lo que es Bella Vista e Iglesia) y desde el Cerro Negro que está en la subida del Colorado hasta las nacientes de los arroyos por el oeste, incluyendo las vegas de Espota, Chita, Bauchaceta y Pismanta. El comprador fue Lorenzo Jofré y pagó 200 pesos.

Para tener una idea de los valores vigentes en ese entonces, un vestido de mujer de jubón y pollera de damasco traído de España costaba 300 pesos mientras que un esclavo negro valía 700 pesos. La propiedad, entonces, fue vendida en 200 pesos y cobrada de la siguiente forma: en efectivo le entregaron 55 pesos, otros 45 pesos en ropa de la tierra (así se llamaba a las telas que se tejían en América, que eran telas burdas y bastas porque la corona prohibía la fabricación de telas finas que entraban por importación) y los 100 pesos restantes, que era el 50% de la venta, quedó depositado en San Juan para capellanías, es decir, para que todos los años se rezara una misa en memoria de sus familiares y de ella misma cuando muriera. Teresa Icaña podía seguir viviendo en su pueblo que se llamaba La Iglesia en el valle de Pismanta.

Lorenzo Jofré, posteriormente pasó en herencia a sus hijos esta propiedad y hacia mediados del siglo XVIII quedó en manos del presbítero Pedro José Jofré. Como su intención era ser jesuita y ne cesitaba fondos para hacer el noviciado, hizo tasar la propiedad para ponerla a la venta; en 1751, y bajo los linderos ya mencionados, la propiedad fue tasada en 400 pesos y entre 1751 y 1753 fue vendida a Pedro Toranzo. Toranzo pertenecía a una conocida familia de la ciudad de San Juan y fue alcalde de la misma. Diez años después de la compra de la propiedad, y por problemas derivados de relaciones sentimentales, fue sancionado con el destierro a cua renta leguas de la ciudad de San Juan y es posible que se trasladara a su propiedad en Iglesia.

Cuando Toranzo realizó la compra, la propiedad que había sido de la cacica Icaña llegaba hasta la cordillera de Olivares, que es la naciente de los arroyos que bajan al valle. En esa época la corona española, bajo la nueva dinastía de los Borbones, había generado una nueva política y nuevas normas poblaciones. Bajo la misma se había fundado la villa de Jáchal donde debían nuclearse como vecinos todos los pobladores de Calingasta, Pismanta, Mogna y Ampacama. Si bien estos hechos forman parte de la historia de otro departamento, algunos aspectos están íntimamente ligados con Iglesia. El resultado de la fundación de Jáchal fue, por un lado, que Toranzo muy avisadamente, y a pesar de que tenía la propiedad legal con título válido, pidió al superintendente Juan de Echegaray la posesión real como hecho jurídico. Pero en el momento de obtener la posesión real, Toranzo no se quedó con el límite oeste en la cordillera de Olivares sino que hizo incluir en la propiedad los valles de Las Leñas, Atutía, Los Azules, o sea todo lo que está detrás de Colangüil hasta la cordillera que divide con Coquimbo y que son todas las nacientes del río Castaño (donde están los valles de San Francisco, San Francisquito, Los Patos Norte, etc.) es decir que, con un simple acto jurídico duplicó la propiedad original.

En este acto jurídico que constituyó la fundación de Jáchal, y como en toda fundación, Juan de Echegaray tenía que entregar a cada vecino tres tipos de posesiones: un solar en la villa para construir la vivienda, lo que se llamaba “la tierra de pan llevar” que generalmente era un terreno de seis a diez cuadras40 en los alrededores de la villa para cultivar o hacer “las sementeras” y un potrero para tener el ganado. Quedaron fuera de esta entrega de potreros las tierras señaladas como ejidos comunales (es decir, de uso común) que era la actual Pampa del Chañar al norte de la villa y toda la zona de San Guillermo. Esta última era usada como veranada y “cazadero de vicuñas”, porque una de las principales entradas económicas de ese entonces, no sólo para estos nuevos vecinos de Jáchal sino fundamentalmente para los vecinos de San Juan, era la caza de la vicuña por los cueros y la lana.

Como potreros se entregaron las mismas tierras que ya habitaba y usufructuaba cada vecino en su lugar de origen, dándole el título jurídicamente válido y la posesión real. Estos vecinos constituían una población mestiza desde mucho tiempo atrás. En ella se mezclaba españoles peninsulares y americanos (sobre todo criollos venidos de Chile), gran cantidad de negros que habían sido introducidos en la región desde tiempos muy tempranos, algunos extranjeros (especialmente portugueses) y unos pocos indígenas de distinta procedencia que quedaban también ya muy mestizados entre sí.

En dos fechas, noviembre de 1753 y diciembre de 1755, se entregaron a los usufructua rios tradicionales los títulos legítimos de los potreros y estancias que constituyen lo que conocemos ahora como Departamento de Iglesia (Rodeo, Angualasto, Colangüil, Agua Blanca, etc.) exceptuando San Guillermo y lo que actualmente se conoce como Valle del Cura. Éste no integraba la jurisdicción de San Juan y, po r lo tanto de la villa de Jáchal, que llegaba sólo hasta la cordillera de Colangüil.

San Guillermo siempre fue cazadero de vicuñas, salvo en los cuarenta años en que permaneció bajo el dominio de los incas cuando estaba prohibida la cacería y las vicuñas se controlaban y esquilaban dentro de una explotación racional.

Después de que cayó el imperio incaico se siguió cazando en forma indiscriminada como, lamentablemente, todavía se hace. San Guillermo siguió siendo terreno fiscal, o sea ejido comunal, hasta que el gobierno vendió una cantidad de terrenos fiscales. En 1829 San Guillermo pasó a manos de su primer propietario privado, Juan Facundo Quiroga, y en 1833 a comerciantes de la ciudad chilena de Copiapó.

0
0
0
s2smodern